La última carrera del Vasco Oyhanart
Crónica de un viaje al autódromo de San Nicolás para presenciar la última carrera de otro hombre que le ganó al tiempo

La bruma humedecía la Ruta 9 que se alzaba hacia los pinos en la lomada. Las horas del domingo avanzaban. Había amanecido demasiado plomizo pero ideal para viajar. Con Buenos Aires cada vez más lejos se acortaban las distancias y empezaban las cuentas para calcular cuánto faltaba para a llegar. Sería una picardía que se hiciera tarde. Se disputaba la séptima fecha del TC Bonaerense, corría el Vasco Oyhanart.
En el motivo del viaje no había una definición de campeonato ni la búsqueda de un trascendente resultado deportivo. Sí, la carrera era especial porque era con invitados y la joven piloto, Ely Videle, le había ofrecido su butaca a “El Vasco”. El mismo Vasco Oyhanart que, como un capricho del destino, nació en 1948, año en que se corrió la Buenos Aires – Caracas, una competencia icónica en la historia del automovilismo nacional. Ese mismo automovilismo nacional que luego lo vio presentarse 172 veces en el Turismo Carretera, pero en ese Turismo Carretera cruel de los años ‘80/’90, en el que ir a correr, muchas veces no significaba volver.
Pero “El Vasco” siempre volvió. Los libros dicen que el 23 de abril de 1989 en Balcarce ganó su última carrera en la categoría más popular, y que cinco años después, en 1994, dejó el TC. No lo dejó para quedarse cobijado en el calor de su hogar. Encontró en el TC Bonaerense más hojas para seguir escribiendo su historia. Se abrazó a esas cupecitas del automovilismo zonal y les volcó su conocimiento. Se convirtió en un extraordinario preparador, construyó identidad y sostuvo familias. Armó talleres y aconsejó a pilotos. Les enseñó del esfuerzo y encontró en ello una manera de permanecer.
En el Autódromo Juan María Traverso de la ciudad de San Nicolás no había lugar para la quietud, el roncar de los motores y el ruido de herramientas se hacían costumbre en los oídos. No fue difícil encontrar su box porque estaba rodeado de gente. Simplemente lo veían trabajar. Con el torso sobre el motor de uno de sus compañeros de equipo, sus manos huesudas manipulaban una pinza de punta. Aunque nadie se lo había dicho todavía, Oyhanart percibió que lo esperaban para entrevistarlo. Íbamos a interpelar a una figura del deporte y estábamos ansiosos, quizá eso lo hizo levantar la cabeza mientras terminaba su faena. Sonrió levemente, guiñó el ojo y dijo asintiendo: “Ya estoy”.

Y vaya si estaba. Íntegro, flamante, jovial, sorprendía su actitud para nada pasiva. Dio algunas indicaciones, intercambió pareceres con los suyos y mientras se limpiaba las manos con una estopa se acercó. No se podía fallar con la primera pregunta. Las tachaduras en el cuaderno indicaban que en los 250 kilómetros que separan Capital Federal del escenario nicoleño esa bendita primera pregunta se cambió muchas veces. Había que sacarlo del eje. No hicimos esa distancia para encontrar las mismas respuestas. ¿Cómo le gustaría dejar esta vida? Le pregunté y no fue nada de lo que tanto había pensado. Claro, se sorprendió. Levantó las cejas de su rostro angular, respiró hondo y respondió con firme voz: “Yo hoy no tengo presión de ningún tipo, estoy consciente de todo lo que hago, pero sí veo las cosas distintas que cuando tenía veinte años y no me importaba nada. Simplemente me gustaría no joderle la vida a nadie”. Gran respuesta.
La charla se extendió. No mucho porque ya casi era hora de entrar en competencia. Sin embargo, hizo una pausa y comentó que no era consciente de lo que había generado en el automovilismo, pero sí que era un agradecido de las oportunidades que tuvo y del calor de la gente. Sin duda, para él también era un día especial. Se reencontró con amigos, viejos conocidos y rivales. Repartió anécdotas y no le negó una foto a nadie. Sonrió todo el tiempo. Saltaba de un auto a otro del equipo como dando el visto bueno hasta que llegó la hora.
Ya dentro del auto número 4 con motor Ford, marca con la que siempre se identificó, esperaba con los guantes y el casco colocado. A su alrededor se cruzaban voces, manos y miradas. Alguien preguntaba por el aceite, controlaban el agua y mientras se ajustaba los cinturones hacía señas como exigiendo que esté todo chequeado. Con su pulgar arriba la escena reunía dos tiempos: el hombre vigoroso que antaño había corrido contra las principales figuras del Turismo Carretera y el piloto longevo que se preparaba para una final de invitados de la clase E del TC Bonaerense.
Una tenue llovizna aportaba lo suyo. La pista complicada lo obligaría a medir cada maniobra. Entendía Oyhanart que el desafío no era demostrar lo que en su momento había sido, sino comprobar cuánto de aquel avezado competidor permanecía todavía consigo. Sus 78 años planteaban interrogantes a propios y extraños, sin embargo, dentro del auto simplemente se podía ver un piloto esperando la hora de largada. Su hijo Mariano le beso la mano y cruzaron una mirada tierna antes que se baje la visera. Sí, una evidente contraposición a lo aguerrido de su andar. Se habilitó la pista y se terminaron los preámbulos, era hora de manejar.

La final comenzó a la hora señalada y quizá no haga falta decir que fueron doce las vueltas sobre el circuito de 2.400 metros; tampoco que terminó séptimo a 1m04s624 del ganador Lucas Gonzáles, ni que el mejor tiempo de vuelta que registró fue de 1m23s518. Esos son datos necesarios para las estadísticas oficiales, pero insuficientes para contar todo lo que sucedió. Se bajó cansado, lógicamente, pero feliz, exultante, se abrazó con su esposa y la besó dulcemente. Mariano, que también es corredor, lo retó porque se había pasado en una curva y cuando le consultaron si se veía corriendo con esa edad como su padre, dejó un concepto que tiene asidero: “No hay más. De estos locos no hay más. Están hechos de otra madera. Verlo así me pone feliz, pero ni loco pienso en correr con esos años”, sentenció.
Una vez que finalizaron los festejos, como todo piloto empezó a hablar de lo que se podría hacer para mejorar, de las tendencias del auto y de los trabajos que le podrían aportar mayor velocidad. Y otra vez se dio cuenta que lo requerían los micrófonos. Dejó por un momento a los suyos y se acercó: “Estoy muy contento, dimos todas las vueltas y pudimos sumar algunos puntos para el campeonato que está haciendo Ely (Videle) la pista no estaba fácil, pero el auto se comportó bien. Hasta ahí todo muy técnico y metódico en sus respuestas hasta que este cronista lo volvió a interpelar:
¿Esta sí habrá sido su última carrera, Vasco?
– Sí, olvídate. No corro más –
El verdadero resultado estaba en otro lado. A los 78 años, el hombre que le ganó al tiempo volvió a subirse a un auto de carreras para despedirse de la única manera que parecía posible. En la pista.
